El valor del respeto a uno mismo

Escribí esta nota en un hilo en Twitter contando, telegráficamente una anécdota de mi vida; tal vez la más importante. La paso aquí para poderla compartir. El tema está de “rabiosa actualidad”, como dice el otro: la manipulación de la prensa para crear opinión a favor de las tres derechas. La mayoría estamos tan hartos de esa manipulación descarada, que solo los idiotas y los fanáticos se creen lo que dicen y publican los periodistas comprados. Hoy he recordado esa anécdota que marcó mi vida. Mi hilo en Twitter dice literalmente:

“Pongo este hilo porque me sale de los ovarios.

Hace unos 30 años, empecé escribiendo crítica literaria en un diario de gran tirada. Creí que ahí empezaba para mi un futuro brillante. A la 3ª columna, el director me exigió crítica favorable a un libro de un amigo de un amigo suyo.

Empecé a leerlo cruzando los dedos para que fuera bueno. Era de una mediocridad apabullante. Si la crítica era negativa, podía perder el trabajo. Si escribía una crítica elogiosa me perdía el respeto a mi misma. Me puse a llorar.

El trabajo me reportaba un dinero vital para mantener a mi familia. El respeto a mi misma no tenía precio. Es con uno mismo que uno tiene que vivir toda su vida y la eternidad, si crees en la inmortalidad del alma.

Conseguí salir adelante dando clases de inglés. Seguí escribiendo para mí misma, sometida a la crítica implacable de mí misma. Tuve otra oportunidad de publicar, pero me exigían que permitiera modificar el texto. Me negué. Me publicaron un libro de ensayos por encargo en 3 tomos. Tuve que renunciar a derechos de autor y permitir que se me pusiera como directora de la obra. Eso fue por los 80. Ya no publiqué nada más hasta 2009 en que escribí y publiqué la biografía del profesor Fassman.

¿Me arrepiento de no haberme plegado a las normas del mercado periodístico y de no haber intentado medrar? Rotundamente, no. Si me ponen boca abajo y me sacuden, no cae ni una moneda de mis bolsillos, pero tengo un orgullo que no me cabe en la conciencia.

En este país hay periodistas como Maraña y Escolar que pueden llegar a esta conclusión mía. Y hay miles de “medradores”. De estos, unos merecen desprecio y otros mucha lástima.

Con pluma, sin pluma o como a cada cual le dé la gana

El 17 de mayo es el día contra la LGTBIfobia.Confieso que le tengo manía a las asociaciones en defensa de LGTBI. Soy mujer, viví más de veinticinco años con una mujer, nos casamos cuando se pudo y nos divorciamos cuando no pudimos convivir satisfactoriamente. Así de sencillo. Me revienta que me obliguen a meterme en un acrónimo. Yo no soy acrónimo de nada. Soy una mujer que se casó con otra mujer porque estaba enamorada hasta las cachas y porque me dio la gana. Si hay que meterse en un acrónimo por narices, al de LGTBI le falta una letra: la A. Hay montones de personas asexuales que tienen todo el derecho a rechazar las relaciones sexuales, sencillamente, porque no les apetece tenerlas. Eliminarlas del acrónimo es pura discriminación, sobre todo, contra la mujer, porque la mayoría a la que el sexo apetece poco o no apetece en absoluto  son mujeres. ¿Por qué? Pues a lo mejor, por una cuestión hormonal, pero sea por lo que sea, que el clítoris o el pene se exciten no es ningún motivo racional, humano, de superioridad. Es una cuestión física que en cada cual funciona de diferente manera sea ser humano o individuo de otra especie, del mono para abajo.

A ver si nos dejamos de pendejadas. Todos los seres humanos y sucedáneos nacemos bisexuales. El ser humano, de ambos sexos, es capaz  de dar y recibir placer sexual de individuos de su mismo sexo o del sexo contrario. En la adolescencia se supone que elijamos a un sexo u otro como pareja. ¿Pero todos tenemos la oportunidad de elegir? Evidentemente, no. La sociedad nos obliga a elegir como pareja a una persona del sexo opuesto. ¿Por qué? Por razones puramente económicas.  ¿A quién,  coño, le importa, racionalmente hablando, que una mujer o un hombre se enamoren de o se líen con la vecina o el vecino? Al que tiene un problema sexual por represión de sus propias tendencias, no hay otra explicación. Quien se siente satisfecho con su sexualidad o con su asexualidad, no se preocupa en absoluto por la sexualidad de los otros. ¿Y qué decir de aquellos que no solo se preocupan de la sexualidad de los demás sino que encima la denuestan o la desprecian o la atacan? Lo único que cabe deducir es que sufren un trastorno de su propia sexualidad. Si no, no se explica.  

La obligación que la sociedad impone a todo adolescente que empieza a sentir los efectos de sus hormonas o los movimientos de sus sentimientos y emociones responde a intereses estrictamente económicos que nada tienen que ver con la moralidad. La familia es el núcleo económico de la sociedad desde que los hombres servían para ir a cazar y las mujeres para parir y cuidar de las crías y las crías para crecer y servir de mano de obra en cuanto pudieran hacerlo. Esto ha sido así desde las cavernas hasta el siglo pasado. Es decir, el hombre, fuerza bruta, que después se entendió como potencia intelectual; la mujer, asistencia, que después se entendió como inferioridad intelectual, y los hijos, como mano de obra, que después se entendieron intelectualmente, en su edad adulta,  como superiores o inferiores  según fueran machos o hembras.La obligación moral de circunscribirse a la heterosexualidad no responde, por lo tanto, ni a la moralidad ni a las inclinaciones del cuerpo o de la mente de un ser humano; responde exclusivamente a intereses económicos. No existe otra explicación y quien defienda otra, miente. La heterosexualidad no es connatural al ser humano; la homosexualidad, tampoco. La heterosexualidad es una imposición social y la homosexualidad una orientación que el ser humano elige libremente o condicionado por factores físicos y mentales que no importan a nadie más que a quienes eligen esta opción. Entonces, ¿a qué responde la fobia contra los homosexuales? Repito, racionalmente, la única respuesta posible es que se trata de una reacción contra la represión de su homosexualidad que el propio individuo se impone para evitar el rechazo social o de una imitación a ciegas de otra persona  o personas a las que se les supone superioridad de criterio. Si alguien ha encontrado otra razón científica o filosófica o religiosa que justifique la homofobia, no la ha demostrado.

La homosexualidad encuentra sus mayores críticos en los ámbitos de la moral y de la religión. El único argumento que la moral puede oponer es que la homosexualidad niega la supremacía de la familia, núcleo esencial para el desarrollo de la economía. Hoy por hoy, la cantidad de familias con parejas homosexuales que responden a las costumbres de la familia convencional, desmiente el argumento. En cuanto a la religión, el rechazo a la homosexualidad responde a  una apropiación indebida del criterio y la voluntad de Dios. Nadie puede saber lo que Dios siente o quiere porque quien fuera capaz de penetrar en la mente divina sería Dios. Si Dios se entiende como Creador omnisciente y omnipotente, no hay mente humana capaz de entender sus designios. Dice el poder religioso que la Biblia y otros libros considerados y llamados sagrados  han sido escritos por la revelación de Dios a los hombres. La realidad es que algunos hombres concibieron a Dios a imagen y semejanza suya y después le atribuyeron lo que concebían sus propias mentes. Compárese el primer capítulo del Génesis con el segundo y se verá claramente que, mientras el autor del primero se limita a narrar la creación, los autores del segundo nos presentan a un dios antropomórfico que se pasea por el Paraíso pensando cómo prohibir algo a Adán y Eva, sabiendo que Adán y Eva no respetarían la prohibición porque, hasta el momento en que comen la fruta del Bien y del Mal, no pueden saber que la desobediencia es pecado. Ese dios, en todo semejante a los hombres, puede ordenar y prohibir cualquier cosa que se le ocurriera a los legisladores de la época para mantener el orden social, pero Dios, Dios con mayúscula, el Creador del universo para aquellos que creen en la divinidad, no puede haber inspirado libros posteriores en los que se condena la homosexualidad. Ni ha podido salir de ese dios la condena moral de la relaciones sexuales habiendo determinado la naturaleza que esas relaciones son necesarias para la conservación de la especie.  Somos los seres humanos los que damos al sexo un valor puramente físico o un valor relacionado con el amor. La relación del sexo con el matrimonio es una invención política.Y bien, ¿deberíamos entonces prescindir de asociaciones de defensa de LGTBI? De ninguna manera. Al igual que las asociaciones feministas, responden a la necesidad de exigir y defender el derecho de personas que han visto restringidas sus libertades y sus derechos por imposición arbitraria del poder político. Como mujer que he hecho lo que me ha dado la gana con mis sentimientos y mi sexualidad, moralmente no puedo dejar de agradecer a quienes han luchado, hasta con riesgo de sus vidas, para que yo pueda darme el lujo de hacer lo que me ha dado la gana en un país libre. ¿Libre? Legalmente libre, pero lleno todavía de trastornados que no respetan la libertad de los demás.

Si una jovencita o jovencito decidieran montar su vida con alguien del mismo sexo como pareja y me pidieran consejo, mi consejo sería que lo hagan ignorando la opinión de los demás. Pero sé que eso se dice pronto. Esos chicos tendrán que contar con la discriminación dentro de sus propias familias, con la discriminación social y, posiblemente, con la discriminación laboral. No se le puede pedir a nadie que arriesgue la calidad de su existencia por defender la visibilidad de sus derechos. Para defenderla es que siguen haciendo falta asociaciones de LGTBI. Y seguirán haciendo falta mientras el mundo esté lleno de trastornados reprimidos por las religiones institucionales y por las costumbres impuestas por los que detentan el poder.     

Con oficio sin beneficio

Quien no haya visto u oído el último pleno del Congreso lo puede encontrar descrito y comentado en redes y diarios y radios y televisiones. No hay periodista ni comentarista que no haya desmenuzado el tema, según sus inclinaciones e intereses, repitiendo por fuerza, al cabo de dos días, lo que ya han dicho los demás. Claro que para eso les pagan. Como a mí no me paga nadie, puedo escribir lo que me dé la gana.  

En cierta etapa de la vida, el dinero parece imprescindible para comprar tiempo y libertad. Más adelante, algunos descubren que el tiempo no se puede comprar y que el dinero tiene el poder de reducir las mentes que se le someten  a la más abyecta esclavitud. Yo guardo, muy en el fondo de mi alma, un anhelo frustrado de la libertad absoluta de los vagabundos. Por eso, quien busque aquí una repetición de lo que pasó en el Congreso, aliñada con frases más o menos ingeniosas  para dar al asunto un toque de originalidad que casi nadie consigue, no lo va encontrar. Lo que tenía que comentar al respecto lo volqué en Twitter. Para destacar la inmoralidad y la carencia de valores humanos de las derechas de este país, tantas veces demostrada que ya no hay mente racional que pueda ponerlas en duda, los caracteres de un tuit bastan y sobran. Recomiendo los de Adriana Lastra, al grano y sin ocurrencias para lucirse. Ahora y aquí, yo a lo mío.

Un día de hace muchos años, leí una novelita de Herman Hesse, escritor que la moda había elevado a la categoría de gurú porque sus ideas habían saltado desde principios del XX para conectar con la juventud de los 60. Dos guerras mundiales sangrientas y una guerra fría que amenazaba cargarse al mundo entero con bombas nucleares habían llevado a muchos de aquellos jóvenes a renegar de los valores occidentales buscando la paz en el budismo. Herman Hesse les había dibujado el mapa del camino en su novela Sidharta. La leí por no renegar de los dogmas de aquella época sin enterarme al menos de qué iban, pero el camino con Sidharta Gautama me resultó pesado porque llevaba a un destino al que yo no tenía ningunas ganas de llegar. Las filosofías exóticas no me atraían; no me han atraído nunca. Pero me interesó el autor y captó mi atención otro libro suyo que por el título no parecía querer llevarme a la India. El libro se llamaba como su personaje principal; Knulp. Knulp buscaba,  como todos más o menos, la felicidad,  y la encontraba sin salir de la Alemania de principios del siglo XX vagabundeando de pueblo en pueblo sin oficio ni beneficio, como dirían los ciudadanos respetables  de la sociedad normal.   Durante un tiempo, le envidié. Descubrí con sorpresa que me gustaría ser vagabunda. Pero en aquella época, hasta la libertad del vagabundo estaba reservada a los machos de la especie. Tuve que conformarme con acompañar a Knulp en mi imaginación y guardar en secreto la admiración que sentía por él y por su modo de entender la vida.

El librito se divide en tres capítulos, en realidad tres momentos en la vida del vagabundo. En el primero, seguí a Knulp hasta la casa de un amigo en una fría noche de finales de febrero y me quedé en ese pueblo hasta que Knulp decidió marchar. En el segundo, otro vagabundo cuenta sus recuerdos del Knulp con el que había compartido camino durante un tiempo. En el tercero, el narrador cuenta la relación de Knulp con un amigo de la infancia y con dos amigos más: él mismo y Dios. Knulp camina por un campo bajo la nieve repasando su vida. Está enfermo y tiene los años que en aquella época hacían que a una persona se la considerara  vieja.  Sus recuerdos le llevan a la conclusión de que su vida no ha servido para nada. Se lo dice a Dios y Dios le responde:

¡Qué tío más infantil! ¿No ves lo que todo eso significa? ¿No ves que tenías que ser un vagabundo para llevar a la gente, a donde quiera que fueses, un poco de la locura de un niño, de la risa de un niño para hacer que todo tipo de personas te quisieran un poco, se mofaran un poco de ti y se sintieran un poco agradecidos?…Mira, dijo Dios, yo te quería como eres, no distinto. Tú eras un vagabundo en mi nombre y fueras donde fueses llevabas a la gente establecida un poco de anhelo de libertad. En mi nombre, hiciste tonterías y la gente se burlaba de ti. En ti, se burlaban de mí, en ti me  amaban. Tú eras mi hijo y mi hermano y una parte de mí. No hay nada de cuanto has disfrutado y sufrido que yo no haya disfrutado y sufrido contigo.

Sí, dijo Knulp asintiendo. Sí, es cierto y, en el fondo, siempre lo he sabido.

Entonces, ¿no tienes más quejas?, preguntó la voz de Dios.

Ninguna más, dijo Knulp…

¿Y todo está bien?  ¿Todo está como debería estar?

 Sí, Knulp asintió. Todo está como debería estar.

En medio de una pandemia que ha matado y está sentenciando a muerte a miles de enfermos con patologías previas y a miles de viejos, el ambiente parece invitar a darle un repaso a nuestra vida. Felices los que pueden llegar a la conclusión de Knulp, aun siendo ateos. Aquel que no cree en un Dios que trasciende la naturaleza humana, no puede negar la existencia en sí mismo de un creador; de él mismo como creador de su propia vida.

¿Por qué Knulp merece al final la aprobación de Dios y de sí mismo? Yo diría que porque, a lo largo de su vagabundeo, no es la naturaleza lo que más llama su atención. El autor describe cuanto ve con los ojos de Knulp y los ojos de Knulp disfrutan de la belleza, pero no se recrean en campos y pájaros y flores; los ojos de Knulp miran y ven a las personas que encuentra en su camino. Knulp, tan humano y tan inteligente como para  reconocer y criticar sus propios errores, intenta entender a la gente, justificar, alegrar a aquellos que están tristes. Su vida ha estado siempre llena de caras con nombres, con problemas; llena de personas a quienes alegrar y consolar.

Hoy Knulp no podría ser vagabundo. El confinamiento no le dejaría caminar por donde le apeteciera.  Pero es muy posible que para escapar de un suelo y un techo obligatorios, utilizara su exquisita educación de niño bien y sus dotes de persuasión para ser aceptado como voluntario realizando alguna de las tareas necesarias en estos momentos de miedo, incertidumbre y dolor.

Y Dios, ¿qué estará pensando Dios, el del alma o el de la mente, de la ingente cantidad de Knulps, seres auténticamente humanos que han aparecido de pronto en la tierra que llamamos España para curar, ayudar, consolar a los demás? ¿Cuántos de los que veían pasar el tiempo anclados en una rutina estéril han descubierto de pronto sus ansias de libertad, al creador que llevan dentro, el deseo de vivir creando conscientemente su propia vida? ¿Cuántos que creían haber renunciado a sus sueños, que creían haber fracasado por no cumplir la expectativas propias o ajenas se habrán encontrado, tras estos días de reflexión, diciéndose o diciéndole a su Dios que todo estuvo bien; que todo tuvo sentido y que todo puede estar mejor si tienen la oportunidad de seguir viviendo?

En un programa de radio preguntaban el otro día a los oyentes a quién les gustaría abrazar cuando se acabe el motivo que nos obliga a mantener distancias. Se me ocurrieron enseguida los más cercanos, por supuesto, y entre ellos el Knulp que desde hace unos meses recaló en nuestro pueblo. Es un vagabundo que admira y defiende su derecho a la libertad tal como él la entiende. Como Knulp, siempre encuentra un amigo que le invite a una cerveza en El Coyote para conversar un rato con él. Es un chico afable, inteligente y su conversación siempre aporta algo de interés. Tuve el honor de que un día me pidiera permiso para sentarse en mi mesa. Hemos charlado muchas veces desde entonces y era, hasta hoy, el único amigo al que le conté mi vagabundeo imaginario de otros tiempos. Siempre nos despedíamos con un abrazo con la excusa de que los abrazos alargan la vida para restarle sentimentalismo al asunto. Si esta tormenta negra no le ha arrastrado a otra parte, volveremos a abrazarnos y le pienso regalar el Knulp de Hesse segura de que le sacará tantas sonrisas como me ha sacado a mí a lo largo de mucho tiempo.             

Nadie está solo

Vuelvo a ver a menudo una película que me dice muchas cosas y algo nuevo cada vez que vuelvo a verla. “The Legend of 1900”, se llama. Es una joya para los aficionados a la reflexión y para los aficionados a la música, especialmente al jazz. La película empieza con una escena y unas palabras que me repito cuando me hacen falta. Es de noche. Aparece un hombre solo sentado en el peldaño de una escalinata limpiando con un pañuelo su vieja trompeta. Piensa, y la voz de su pensamiento nos dice que su vida ha llegado a un fracaso total. Recuerda, y la voz de su memoria nos repite las palabras que había oído repetir varias veces a un amigo, a uno de esos amigos incondicionales que muy pocos tienen la suerte de encontrar. Decía su amigo: “Nunca estarás acabado mientras tengas una historia que contar y alguien a quien contársela”.

Todos tenemos nuestras historias y algunos tienen la fortuna de contar con quien las escuche; un amigo, un conocido, hasta un acabado de conocer con ganas de escuchar. Otros están solos, sin otra presencia física próxima que su propia imagen en un espejo; sin otro a quien contar sus historias. ¿Podría decirse que esa persona está acabada? Eso parece.

Quien vive solo, con escasa o con ninguna vida social, sin  perspectivas ni esperanza de modificar esa circunstancia, suele producir lástima y, en personas sensibles, compasión, porque, generalmente, se trata de un viejo. A los viejos solos se les imagina oyendo la radio o viendo la televisión de día y de noche para que la compañía de una voz  les permita ignorar su soledad.

En estos momentos de confinamiento obligatorio, no hay persona sensible que no sienta compasión y a quien no preocupen los viejos solos. Muchos seres  auténticamente humanos intentan ayudarles en lo que pueden y el gobierno los considera entre sus prioridades. Pero todos  saben que no pueden hacer más que cubrir sus necesidades básicas llevándoles alimentos, procurando asistirles en la limpieza y cosas así. Todos piensan que pueden hacer muy poco o que no pueden hacer nada para paliar el dolor que, suponen, va indefectiblemente unido a la soledad.

La soledad forzosa se asocia, generalmente, a sentimientos negativos como la  tristeza y, en el caso de los viejos, a la impotencia. Pero ¿es  cierto que la soledad forzosa condena perpetuamente a la melancolía?  Es posible, pero también es posible que quien está físicamente solo no sienta la zarpa de la soledad aunque esa soledad sea forzosa.

La primera vez que oí aquella frase al principio de aquella película, me produjo una sonrisa. Confirmaba la satisfacción que me producía el presente y me auguraba un futuro satisfactorio hasta el momento en que la máquina de mi cuerpo deje de funcionar. Porque aunque físicamente sola, lejos de todos en la soledad de mi montaña, siempre tengo historias que contar y alguien a quien contárselas. Mis blogs y mis artículos tienen miles de lectores. Las redes sociales me permiten comunicarme con miles de personas, algunas de las cuales se han convertido con el tiempo en amigos. Quienes creen que esas relaciones virtuales son un modo de autoengaño, se equivocan. Un día puedo levantarme con el ánimo nublado y sin ganas de escribir y al abrir el ordenador me encuentro con los nombres de lectores amigos que comentan mi artículo anterior y me animan a seguir escribiendo y, de repente, el sol me sale por dentro y me pongo a trabajar con el ánimo a tope. Pero tengo, además, una amiga siempre dispuesta a escucharme y a alentarme; una amiga incondicional, de esos amigos que muy pocos tienen la suerte de encontrar en su vida. Me tengo a mí.

Tuve una infancia muy solitaria y hoy lo agradezco porque esa soledad me hizo descubrir muy pronto que dentro de mí vivía la que soy yo; yo sin las expresiones, sin las poses que se utilizan cuando uno habla con los demás, por más sincero que uno quiera ser. Yo, totalmente desnudita, sin maquillaje, sin careta alguna. En mi infancia y mi juventud no fui muy buena amiga mía. Una mujer que fue mi profesora de sociología en la universidad y que por su sabiduría y su honestidad  me marcó profundamente de por vida, un día me dijo y luego me repitió varias veces que mi principal problema era que tenía muy poca paciencia conmigo misma. Tenía razón. Tardé mucho en enmendarme pero un día, muchos años después, estando también sola, logré comprender lo que aquella profesora quería inculcarme, y conseguí reconciliarme conmigo; con esa amiga incondicional que llevo, que todos llevamos dentro aunque la mayoría, por diversos motivos, prefiere ignorarla. Esa amiga me enseñó a sonreír en momentos muy difíciles y, cada vez que sonrío, me dice unas palabras que se me quedaron en la memoria de otra película: “I love you. I always have. I always will” (Te quiero. Te he querido siempre. Siempre te querré). Pero lo que más le agradezco es que me ayudara a comprender, a justificar a quienes me hicieron daño en un momento u otro de mi vida, del mismo modo en que conseguí comprenderme y justificarme por el daño que yo misma haya podido hacer a los demás. Debería decir perdonar y perdonarme, pero la palabra perdón no me gusta nada. Siempre pone al que perdona en una posición de superioridad. A comprender y a justificar es a lo que me enseñó mi amiga.

Hoy que la enfermedad y la muerte nos amenazan y a muchos imponen la soledad, la que llevo dentro desea con toda el alma que los que estén o se sientan solos procuren descubrir a ese o esa que dentro llevan todos y que si empezamos a hablar con él, con ella, está dispuesto, dispuesta a convertirse en el mejor amigo que uno pueda desear.  

Los días nuestros

He decidido volver a este mi blog personal. Lo tenía muy abandonado porque me da cierto pudor escribir cosas personales. Ahora vuelvo porque mis comentarios, por cortitos que sean, superan lo que se puede escribir en Twitter. Hoy vuelvo con la intención de convertirlo en una especie de diario, un diario para escribir lo que pasa durante estos días tan extraños, no solo por la situación social y política; extraños porque son muy nuestros. Estamos viviendo como nunca la proximidad o la lejanía de los nuestros; estamos viviendo como nunca nuestro tiempo; estamos viviendo como nunca en compañía de nuestra mente, de nuestras alma. En medio de la tragedia, muchos estamos descubriendo que aun nos quedaba mucho de nosotros mismos por descubrir y, seguramente, muchos, se están sorprendiendo con orgullo.

Hoy he escrio en FaceBook y quiero compartir aquí:

Buenos días, amigos y compañeros. Empieza otro día y lo empiezo con ilusión. Sé que hoy, como ayer, empezarán a salir por aquí mensajes de ánimo, canciones, vídeos. Todos volveremos a exprimirnos el ingenio para ayudarnos a pasar el día lo mejor posible.

Mi hijo se fue a Barcelona el martes a trabajar en el Servicio de Emergencias Médicas de Cataluña. Lo último que me dijo fue: “Mama, esto me ayudará a crecer”. Sentí orgullo y la alegría de saber que mi hijo, a los 36 años, asume que la vida es ir creciendo hasta su final en este mundo. Me alegra la esperanza de que millones piensen como él.Que hoy nos sirva a todos para crecer un poco más.

Felicidades a todos los padres. Felicidades a todos.

¡¡¡Libre!!!

Twitter me ha bloqueado la cuenta. Dice que sospecha que yo pueda ser un robot. Me pide información personal y un móvil para enviarme un código que debo poner donde me dicen para reactivar mi cuenta. El incidente me ha hecho pensar.

Hace mucho tiempo me impuse comentar en Twitter cuestiones políticas. Me lo impuse como una obligación, como si fuera un trabajo que tenía que hacer. Con el mismo sentido de la responsabilidad y por el mismo motivo por el que me puse a escribir artículos con mi opinión política para diarios digitales cuando me lo pidieron. Total, que entre Twitter, la lectura diaria de varios periódicos y la escucha de varias tertulias radiofónicas  para mantenerme al día y fundar mi opinión en los hechos se me han ido las horas y los días y los años. Me quedé sin tiempo para escribir mis cosas; escribir contando lo que me apetece contar y escribir poesía como lo había hecho desde mis siete años. ¿A cambio de qué? De elogios. Elogian mis comentarios en Twitter y mis artículos. Lo agradezco porque son estímulos para seguir trabajando  pero, ¿valen esos estímulos tanto como mi libertad? Me creía dueña de mi tiempo; me creía libre. Hasta llegué a creerme necesaria imaginando que mis opiniones podían hacer reflexionar a algún lector. Mientras espero que Twitter mande el código al móvil de mi hijo porque yo móvil no tengo, y que mi hijo me lo mande a mí, he descubierto, por primera vez en mucho tiempo, lo que es verdaderamente tener tiempo libre y lo que es no tenerlo.

Otra circunstancia me hizo darme cuenta hace tiempo de que yo no necesito un móvil para nada. Siempre he detestado hablar por teléfono y comprendí que era una estupidez obligarme a contestar llamadas a cualquier hora y en cualquier parte. Cuando tras el fallecimiento de mi móvil me negué a comprarme otro, me sentí libre. Ahora resulta que no me desbloquean una cuenta si no tengo móvil para recibir un código.  Es decir, que me niegan la libertad para prescindir de ese artefacto en un mundo en el que toda persona normal lo considera imprescindible. Es decir, que me niegan la libertad.

Nadie es completamente libre, por supuesto. Nos condicionan el cuerpo, las obligaciones familiares, el trabajo, el dinero. Hasta que llega uno a la edad en la que puede, si las circunstancias se lo permiten, librarse de cadenas. Al cuerpo se le puede callar con medicamentos y una dieta saludable y haciendo caso al médico, más o menos.  La pareja, si no necesita cuidados o no se ha sido a la otra dimensión,  también tiene edad suficiente  para montarse la vida como le dé la gana. Los hijos, lo mismo. Uno puede, si quiere, disfrutar de eso tan biensonante que se llama libertad. Pero suele suceder que la libertad, en ese momento, deja de sonar tan bien como en canciones y discursos políticos. Suele suceder que se transforma en una amenaza que aterra. Saberse libre, absolutamente libre para hacer con su vida lo que uno quiera, produce a muchos el vértigo de verse al borde de un precipicio, sobre todo cuando uno no está acostumbrado a la libertad. O puede pasar a alguien lo que me ha pasado a mí, que se esclavice a actividades que uno racionaliza como necesarias sin permitir  que la voluntad decida lo que quiere hacer.

Pues que cada cual se lo monte como quiera. También el canguelo se puede vencer si uno valora su vida por encima de todo. Ahora resulta que Twitter envió un código al móvil de mi hijo, pero lo pongo yo en mi ordenador y no me lo acepta. Pues a Twitter, que le den.

Continuaré escribiendo en mi blog de opinión política porque me da la gana opinar. Continuaré escribiendo donde me lo pida el partido en el que creo por convicción porque creo que es la única salvación posible para Cataluña. Continuaré publicando mis jaikus para distraerme en mi blog de jaikus. Continuaré escribiendo aquí mis reflexiones personales cuando crea que pueden servirle a alguien. Y estoy segura de que me sobrará el tiempo porque no trabajaré para nadie más que para mí. Porque soy libre y no me da ningún miedo sentirme libre.    

Inciso: Se me acaba de ocurrir un artículo sobra la libertad, las derechas y sus seguidores para mi blog de opinión política. Lo voy a escribir, pero simplemente porque me da la gana.

Algo personal

Leo en El País la reseña de un libro que acaba de publicarse, “Infernales”; una biografía de las hermanas Brontë escrita por Laura Ramos. La reseña me empuja a la infancia, a la adolescencia. Si me preguntan qué poeta me ha impresionado más, tendría que contestar Emily Brontë, aún sabiendo que quedaría mucho mejor mencionar alguno de los grandes poetas masculinos de todas las épocas. El primer poema que me penetró hasta el alma como un estilete, lo escribió una mujer; Emily Brontë.

En los colegios nunca me dejaron leer “Cumbres borrascosas”. No la consideraban apropiada. Supe por mi madre que era una tragedia horrenda y no quise saber más porque no me gustaban las tragedias horrenda.s Pero quiso el desti no o lo que fuera que cayeran en mis manos los poemas de Emily Brontë cuando empezaba mi adolescencia. Uno de esos poemas me impresionó con tal fuerza que se quedó en mi memoria y aún lo recuerdo palabra por palabra porque en mis peores momentos, la memoria me lo repetía. I am the only being whose doom (Soy el único ser cuyo destino)

Tengo otro poema suyo encima de mi escritorio. Lo copié a mano y lo releo siempre que lo necesito: No coward soul is mine, (Mi alma no es cobarde).

Los poemas de Emily penetraron en mi alma, pero yo no quise penetrar en su vida. Mi idea de las Brontë estaba tan distorsionada como la de todo el mundo. Y hoy me encuentro con esta biografía que se acaba de publicar en la que se desmiente la femineidad pasiva y romántica de las hermanas. No eran lo que en su época se consideraban mujercitas femeninamente sensibles. Eran otra cosa.

Algo habré intuído en las obras de Emily Brontë porque la reseña de su biografía no me sorprende. Ahora entiendo mucho mejor por qué soy como soy y escribo como escribo.

Vuelo a pedir el libro a mi bibliotecario.

Gómez y Ortiz, dos conceptos de amor

(Esta mañana publiqué este artículo en mi bloc de política por prisa y por equivocación. Lo escribí para  “Cosas de la vieja de la montaña”, por eso cuento ccosas privadas).

Me desperté esta mañana y, como todos los días, encendí a tientas la radio que tengo en mi mesilla. Serían alrededor de las seis. Tengo un despertador infalible: mi perro. Filomeno no duerme en mi cama porque no quiere, pero a las seis de la mañana, más o menos, se sube a despertarme sin miramientos con toda la energía de su constitución de perrazo. Suelo tranquilizarle con una caricia en la cabeza y diciéndole ya voy, ya voy. El pobre quiere desayuno, pero sabe que tendrá que esperar un poquito mientras me tomo las pastillas que le dan vida a mi cuerpo, como las descargas eléctricas a Frankenstein, y voy al baño y me pongo la bata y me enchufo la radio portátil a las orejas para seguir oyendo noticias y comentarios de presentadores mientras bajo a la cocina y le pongo el desayuno al gato y me preparo mi café con leche y la bandeja con los sólidos que nos comemos en la cama mi Filomeno y yo escuchando tertulias.

Pues bien, esta mañana espabilé con más rapidez que de costumbre.  Después de un par de noticias, sale una periodista diciendo que la reina y Begoña Gómez son íntimas amigas, que entre ellas surgió feeling en el acto porque tienen muchas cosas en común, como por ejemplo, su asiduidad al gimnasio. Se me abrieron los ojos, se me crisparon los músculos de la cara, se me abrió la boca y se me proyectó ligeramente hacia adelante la mandíbula inferior; señal inequívoca, para mi que me conozco bien, de un súbito ataque de indignación.

Confieso que Letizia Ortiz me produce una antipatía visceral. Y digo visceral porque la razón me dice que cada cual tiene derecho a hacer con su vida lo que le dé la gana y que, por lo tanto, nadie tiene derecho a decirle a otro cómo tiene o no tiene que vivir.  La razón tiene toda la razón ya que es la facultad que nos permite analizar y adecuar nuestra conducta a la realidad. Pero nuestras emociones son una parte importantísima de la realidad, esenciales para que una vida sea plenamente humana. Descontroladas, pueden llevarnos y llevar a quienes nos rodean por la calle de la amargura, pero sometidas a un criterio moral, son el condimento sin el cual nuestra vida no diferiría demasiado de la de una ameba. Total, que Letizia Ortiz me produce una aversión insuperable que me consiento porque con ella no le hago ningún daño, ni a la susodicha ni a mi misma. Solo la pienso una vez al mes cuando veo su nombre y su estampa en el Hola, revista que en la peluquería me alivia la incomodidad del tinte en mi pelo y  la angustiosa sensación que me produce la pérdida de tiempo. Me resigno porque me anima ver a una vieja guapa y bien arreglada cada vez que me miro en el espejo. Ese aliento que me da mi pelo bien teñido y bien cortado gracias a una peluquera que es una artista, bien vale la incomodidad de tener la cabeza embarrada con una pasta fría durante media hora y el desagrado que me produce ver a  tantas mujeres en la revista luciendo modelitos, entre ellas, Letizia Ortiz.

¿Y qué me ha hecho a mi la pobre señora para que le tenga tanta manía? Una explicación exhaustiva requeriría profundizar en terrenos de la psicología, la ética y hasta la metafísica. En resumen, lo que me revienta es que una mujer a la que se le reconoce un alto nivel intelectual y profesional, renuncie a su carrera para convertirse en un adorno; que una periodista a la que podía augurarse una carrera brillante prefiriera pasar el resto de su vida caminando tiesa, como si se hubiera tragado un palo; dando la mano a miles de desconocidos; sonriendo a la plebe con expresión condescendiente a lo “mis queridos súbditos”.  O sea, una reina del siglo XXI perfectamente inútil.

Dicen que las niñas de mi generación soñaban ser princesas. Y debe ser verdad porque hasta a mi me pasó. Yo quise ser princesa a los 15 años cuando vi la película “Vacaciones en Roma”,  por una razón muy simple; me enamoré perdidamente de Audrey Hepburn. Pero lo que resulta comprensible y justificable en la adolescencia, en un adulto maduro puede ser signo de retraso emocional.

Se supone que Letizia Ortiz renunció a lo que era, y a lo que podría llegar a ser, por amor. Y se supone que por amor uno sea capaz de entregar hasta el alma, como dice la canción. El asunto resulta profundamente conmovedor como metáfora, pero la realidad objetiva no suele ser tan poética. Ayer por la tarde, una amiga me contó la anécdota de una conocida suya española que lleva varios años viviendo en Dubai, país al que tuvo que mudarse renunciando a todo lo suyo para seguir a su marido; es decir, por amor. Como se sabe, Dubai es uno de los Emiratos Árabes Unidos que se rige por estrictas leyes islámicas. Ayer, sin ir más lejos, apareció en medios internacionales la noticia de que en Dubai habían metido a una mujer en la cárcel con su hija por haberse tomado una copa de vino de cortesía en el avión que la llevaba a su país. Amores como los de Letizia Ortiz y la conocida de mi amiga, me alteran las glándulas y me congelan el corazón, porque dentro de mi se rebela mi condición de mujer.

El amor al prójimo, cualquier tipo de amor, tiene que surgir del amor  a uno mismo; dice la Biblia que lo dice Dios y lo dice, además, el análisis psicológico más superficial. Se dirá que la mujer que renuncia a todo por amor se quiere mucho porque no concibe la vida sin el ser amado. Lo que parece querer decir que vive por persona interpuesta. Para mi, y por abreviar, eso es ponerse los cuernos a sí mismo, suma deslealtad que suele pagarse muy cara y que, generalmente, pasa también factura a terceros inocentes. En el caso de Letizia Ortiz, por ejemplo, no es ella sola la que se fastidia teniendo que hacer de reina con todas la exigencias protocolarias y otro tipo de inconvenientes. Por su capricho, tendrá que hacer de reina su hija mayor sin libertad para elegir su destino.

Y bien, ¿qué tiene que ver la reina Letizia con Begoña Gómez? Imposible desglosar aquí el currículum de esta  señora acumulado durante veinte años de trabajo. ¿Quiere menos a su marido por no haber renunciado a su profesión por él? Quien diga que sí adolece de machismo, público o encubierto. Machistas sin paliativos son los políticos y periodistas, hombres y mujeres, que en estos días la han llamado enchufada y cosas peores por haber aceptado, desde hace meses, un cargo en el  IE Africa Center, una empresa privada dedicada a proyectos para el desarrollo de Africa. Su marido es presidente del gobierno, vale,  y por eso, ¿qué tenía que hacer ella? ¿Tragarse un palo, criogenizarse la sonrisa y pasarse seis o diez años dando la mano a desconocidos con nombres y cargos rimbombantes?

En esta España tan moderna todos nos hemos enterado ya de que Begoña Gómez es la mujer del presidente del gobierno, de que va al gimnasio y de que, encima, se ha hecho amiguísima de Letizia Ortiz porque tienen feeling. También nos dijeron el modisto que realizó el vestido con el que fue  Marivent, pero se me ha olvidado el nombre. En resumen, que ciertos políticos y periodistas de este país  tienen un tufo a potaje rancio que  no hay quien lo aguante.  Por cierto, ¿alguien sabe cómo se llama el marido de Merkel, a qué se dedica, si va al gimnasio y quién le viste?

Hace cuarenta años, por lo menos, que la mayoría de los españoles adquirieron la costumbre de ducharse todos los días. El hedor de las cavernas quedó atrás y atrás quedaron los hombres que arrastraban a sus mujeres por los pelos. ¿Qué aún quedan vestigios? Sí, claro, no todos los individuos de una especie evolucionan a la misma velocidad. Lo que no podemos permitir de ninguna manera, los evolucionados y evolucionadas, es que intenten atontarnos con propaganda tóxica para que nos dejemos arrastrar a la época en que todos olían mal.

Para concluir y por si acaso, no soy de los que quieren la república ya. Pero ese asunto es política y ya lo trataré otro día en mi otro bloc.

Libertad.

LIBERTAD María Mir-Rocafort

El 5 de junio de 1898 nació en Granada Federico Gracía Lorca. Quiso vivir cantando a la libertad, cantaba

— En la bandera de la libertad bordé el amor más grande de mi vida .

Los enemigos de la libertad le mataron para hacerle callar.

Se diría que la libertad venció y hoy se le puede cantar sin miedo. Ilusión. Por todas partes siguen acechándola los asesinos.

En otro 5 de junio pedí permiso a Federico para glosar sus versos con los pensamientos que me había provocado. Escribí

Bordé el amor más grande de mi vida en sueños

y la madrugada me negó el anhelo de no volver a despertar.

Desperté bajo el peso de cadenas, bajo el dolor de llagas ancestrales,

y me dijo el dolor que amor es uno, progenitor de todos los amores,

y me dijo que sin amor no hay vida y que no hay amor sin libertad.

Libre, despierta, bordé el amor más grande de mi vida

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